Facebook, el gigante de las redes sociales, le salen problemas por todo el mundo. Raro es el país donde no tenga una causa judicial abierta. En esta ocasión es Alemania la que lo está investigando, junto con su fundador Mark Zuckerberg, por permitir el racismo e incitar al odio en su medio.
Facebook, como toda empresa norteamericana, tiene unos valores de libertad heredados de su administración pública, extremadamente abiertos, siempre y cuando a ellos no les afecte. Ya sabemos todos que si se tocan sus colores es conveniente estar en forma para salir corriendo. La cuestión es que la red social más popular del mundo no pone coto a expresiones xenófobas vertidas en su medio, con lo que choca de plano con las leyes alemanas, y me atrevo a decir que también con las leyes del entorno europeo.
Facebook tiene un especial deber de vigilancia. Dicho deber de vigilancia no debe ser entendido, desde mi punto de vista, en un sentido tan amplio que se asimilen a una vigilancia policial, sino a un verdadero control efectivo, lo que es factible atendiendo al estado de la técnica actual y a que, precisamente Facebook, destaca por ser una red social que no cuida mucho la privacidad de sus usuarios. Por tanto, no hay excusas, y Alemania, si quiere, ganará esta batalla.

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